«Es inútil que busque una historia para contar. Es el
lenguaje lo que debo encontrar, como he hecho siempre. Yo no cuento
historias, cuento el modo de contarlas».
TIZIANO SCLAVI, Non è successo niente
Tiziano Sclavi pasa por ser el creador y, hasta hace poco, principal
guionista del mayor éxito del cómic italiano de las dos últimas décadas:
Dylan Dog, el investigador de las pesadillas. Una proeza de
mérito, especialmente para un autor cuya obra, Dylan Dog
incluido, tiene un tema principal tan edificante como el suicidio.
Hablábamos de Dylan Dog. La serie regular se acerca a los
doscientos números y se encuentra disponible (en los quioscos italianos,
claro) en cuatro ediciones simultáneas. Su editora madre, la Bonelli,
ofrece además especiales, anuales, álbumes fuera de serie y el
Almanacco della paura. Más allá de sus puertas, la gama de productos
se multiplica: tomos recopilatorios, ediciones de lujo, juegos de mesa,
de rol y ordenador, apariciones especiales en las revistas más
prestigiosas del país, mazos de cartas, y toda la variedad de
mercadotecnia que cabe esperar de un fenómeno de masas, incluyendo
volúmenes más o menos doctos que intentan diseccionar el tal fenómeno.
Rara vez los éxitos surgen de la nada, tanto menos si son del calibre de
Dylan Dog. La serie es la punta del voluminoso (y, a qué negarlo,
fascinante) iceberg de trabajo producido a lo largo de toda una carrera
por Tiziano Sclavi, guionista de tebeos sinnúmero, novelista, periodista
y, ya puesto, director de la efímera edición italiana de Pilote.
No obstante, el lector español que quiera formarse una idea propia de la
obra de Sclavi lo va a tener difícil si se limita a estudiar lo editado
aquí. Que yo sepa, el material disponible no excede lo siguiente:
1) Un bonito volumen de Roy Mann, a cuenta de un Toutain que
presta toda su atención al dibujante (el llorado Micheluzzi) y menciona
muy de pasada al guionista (según la contraportada, poco más que
comparsa cómplice del genial dibujante).
2) Diecisiete números de Dylan Dog, irrepetible éxito de crítica
y público en Italia y carne de saldos en nuestro país, donde pasa sin
pena ni gloria por dos ediciones diferentes. Los siete primeros números
son publicados por Zinco, sin demasiadas pretensiones y respetando
aceptablemente el formato original. Algunos años después, Ediciones B
ensaya una estrategia distinta con los diez números siguientes: formato
de álbum, presentación más o menos lujosa, y portadas exclusivas de
Alfonso Font adornadas por una cita de Umberto Eco, fan conspicuo de
Dylan Dog. Además, el primer número de esta nueva edición (que
equivale al octavo de la serie italiana, “Il ritorno del mostro”) viene
acompañado por un puñado de artículos que enfatizan la relevancia del
trabajo de Sclavi, redondeando el enfoque de cómic de culto con que la
editorial quiere lanzar su producto. Aparentemente, no sirvió de mucho,
y todavía hoy es bastante fácil encontrar en cualquier feria del libro
de ocasión los restos encuadernados de la aventura.
3) La adaptación cinematográfica de una de las novelas de Sclavi,
Dellamorte Dellamore,
dirigida por Michele Soavi, responsable de una sucesión de cintas de
terror (Aquarius, El engendro del diablo y La secta)
innegablemente brillantes. Aunque la película se toma importantes
libertades con respecto a la novela de que parte, eso que pudiéramos
llamar espíritu queda plasmado con fidelidad; el mismo Sclavi afirma sin
rubor que la película es mucho mejor que el libro. Extraña, hermosa, y
de compleja clasificación genérica, navega con engañosa facilidad entre
aguas dispares: la comedia, el horror, la melancolía, el surrealismo y
las disquisiciones filosóficas. En Italia, donde no necesita mejor aval
que el éxito de Dylan Dog, obtiene inmejorables resultados de
taquilla. En España los distribuidores, incapaces de determinar qué tipo
de película tienen entre manos, deciden ponérselo difícil al espectador
condenando la cinta con un título horrendo, Mi novia es un zombi,
que ahuyenta a quien pudiera disfrutarla y, quizá, atrae al que espera
una parodia chocarrera del tipo de El silencio de los borregos o
Scary Movie, (¿tengo que decir que en tal caso el chasco está
asegurado o cae por su propio peso?).
De todo lo anterior, la película es quizá el trabajo más representativo
de la obra de Sclavi; paradójicamente, es cierto, porque él no firma el
guión. Por su parte, Roy Mann es un estupendo tebeo de ciencia
ficción y aventuras, muy disfrutable en cuanto episodio aislado pero que
sólo cobra verdadera dimensión yuxtapuesto a las demás aventuras del
personaje. Y en cuanto a Dylan Dog, la colección perece demasiado
pronto, antes de que llegue el turno de los episodios más logrados: “La
zona del crepuscolo”, “Morgana”, “Storia di nessuno”, “Memorie dall’invisibile”...
Podemos, no obstante, aislar algunas características peculiares de la
serie:
1) Ya en el primer número, “El amanecer de los muertos vivientes”,
Sclavi plantea los puntos programáticos de la filosofía de Dylan Dog.
El detective de las pesadillas es contratado por una viuda no
exactamente desconsolada para investigar la muerte y posterior
resurrección de su marido en forma de zombi caníbal. Dylan acompaña a la
viuda al cine para hacerle ver dos películas: el Zombi (1978) de
George A. Romero (cuyo título original, Dawn of the dead, toma
prestado Sclavi) y Un hombre lobo americano en Londres (1981), de
John Landis. Ambos, particularmente el último, son ejemplos de la
peculiar mezcla de humor y horror que habitualmente logra el guionista;
no persigue una combinación de monstruos y comicastros al estilo de
Abbott y Costello, donde la supuesta gracia se limita ya a la exhibición
de reacciones esperpénticas por parte de la víctima, ya a la reducción
al ridículo del monstruo de turno. Los zombis de “El amanecer de los
muertos vivientes” no quieren bailar con Michael Jackson, quieren comer
carne humana. En Dylan Dog, el peligro es real, e incluso cuando
el ayudante del detective, un doble de Groucho Marx, se enfrenta armado
de chistes a la amenaza de la muerte, la tal amenaza se confirma, y en
numerosas ocasiones el chistoso sale bastante mal parado.
2) El recurso a los sueños en la narración, no sólo (como es el caso del
primer número) para construir el obligado final “sorpresa” en la
tradición de Carrie (1976), sino como representación de una
realidad fluida, elástica y caprichosa. Sclavi usará a menudo de la
noción de mundos paralelos (el punto de partida de Roy Mann,
bebiendo explícitamente de la novela Universo de locos de Fredric
Brown), de coexistencia de infinitos mundos cerrados sobre sí mismos. En
dicha noción está la peculiar claustrofobia, la contagiosa angustia
existencial que esconde el núcleo del horror de Dylan Dog y de
casi todo lo que ha escrito Sclavi.
3) Una de las características más comentadas por estudiosos y
aficionados: el uso impúdico de ideas, imágenes y demás elementos
tomados de otros autores. Sclavi entiende, como Totó, que crear es fácil
y copiar difícil, y opta abiertamente por el camino difícil. Así, por
ejemplo, podemos encontrar en mitad de “Memorie dall’invisibile” el
alegato final de Charlie Chaplin en Monsieur Verdoux, palabra por
palabra. O, en “Alfa y omega”, el monólogo del Rutger Hauer moribundo de
Blade Runner. Sclavi no camufla sus numerosos plagios. Se toma la
molestia de hacerlos reconocibles al tiempo que los integra en la
historia que está contando, adaptados a su personalidad inconfundible.
De su prodigiosa técnica parasitaria surgen obras tan memorables como “Apocalisse”,
demencial revisión de El ángel exterminador de Buñuel, “La casa
degli uomini perduti”, mezcla imposible de Soy leyenda y La
casa infernal (dos novelas de Richard Matheson), o “Gli inquilini
arcani”, que combina con habilidad pasmosa una novela de moderna
paranoia urbana, El quimérico inquilino de Roland Topor, con un
delicioso cuento de fantasmas clásico, La habitación número 13 de
M. R. James. Vale la pena señalar que Sclavi no limita las prácticas
plagiarias al cómic: construye sus novelas con la misma técnica y, así
por ejemplo, Apocalisse (originalmente titulada Guerre
terrestri, como parodia de las Star wars) es Los pájaros
(1962) de Hitchcock elevada al cubo, y Mostri reinterpreta con
cariñosa devoción La parada de los monstruos (es decir, Freaks)
de Tod Browning.
4) Y, si nos ceñimos a la forma, las primeras páginas de “El amanecer de
los muertos vivientes” también anuncian sin disimulo lo que vendrá: una
planificación cinematográfica minuciosa que intenta explotar al máximo
las posibilidades del medio y de los dibujantes, con resultados
magistrales cuando cuenta con colaboradores dela talla de Angelo Stano o
Corrado Roi. Sclavi engarza con pulso narrativo casi perfecto una
sucesión de imágenes a menudo muy potentes en unos guiones que cuida con
celo maniático.
5) Sin embargo, rechaza frontalmente el modelo de narración lineal que
ya ha manejado sobradamente en títulos clásicos como Zagor.
Siempre se ha reprochado al fantástico italiano (y a directores como
Mario Bava, Dario Argento o Lucio Fulci) su tendencia a la dispersión y
al desprecio de la lógica más elemental; ese defecto es, sin embargo,
virtud cuando da lugar a mundos oníricos e irreales tan atractivos como
el de Bava o, por supuesto, Sclavi. El guionista reconoce que, con
Dylan Dog, se permite el lujo de trabajar de diez en diez páginas,
para descubrir el final junto a su investigador y en esa construcción
descoyuntada identifica Umberto Eco una de las claves del éxito: sólo
pueden ser objeto de culto, afirma, las obras desmontables, las obras
que permiten la cita de elementos aislados. Entre las historias más
brillantes de Dylan Dog hay una buena cantidad de minicompendios
antológicos (valga el ejemplo privilegiado de “Totentanz”) que reúnen
multitud de pequeños relatos en un mismo episodio. Pero incluso cuando
Sclavi narra una única historia, lo hace combinando elementos (propios
o, ya hemos visto, ajenos) que relaciona en una conclusión ad hoc. A
menudo, el cierre es muy satisfactorio, no en términos de lógica lineal,
sino como epitafio lírico-filosófico que unifica el mensaje. Por
ejemplo, si se trata de un whodunnit clásico, no importa tanto
quién, cuándo y cómo descabelló a las víctimas (cual suele ser el cierre
de la novela detectivesca al uso), sino la amargura que le llevó a
hacerlo (es el caso de “Il castello della paura”). Y, más
característicamente, si seguimos a lo largo del relato las peripecias de
un personaje perdido en un torbellino de alucinaciones y mundos
paralelos (véase “Storia di nessuno”) el final nunca explicará las
pesadillas para restablecer la lógica racional, sino que escenificará
una fantasía aun mayor, aun más desquiciada.
Yo soy los monstruos
Sclavi, genio precoz, gana a los diecinueve años el premio Scanno con
una novela corta, Film, que se desvanece en el olvido al poco de
ser editada. Como diría su autor, el público la recibe con entusiasta
indiferencia y las entregas subsiguientes del novelista van acumulándose
en el cajón. Mostri aparece, en versión muy recortada, en la
revista literaria Il belpaese. Tre no llega a publicarse
por el voto en contra de Italo Calvino. Obras maestras como La
circolazione del sangue o Dellamorte Dellamore son rechazadas
por un editor tras otro. Algunos trabajos, menos arriesgados en forma y
fondo, van apareciendo: Apocalisse, Un sogno di sangue, y
la compilación de cuentos de misterio para público juvenil I misteri
di Mystère. Entre tanto, Sclavi se gana la vida como periodista,
corrector de estilo y, finalmente, como guionista de tebeos. Escribe
Gli aristocratici con Alfredo Castelli, Silas Finn, Altai
& Jonson, Roy Mann, John Merrick y, ya para la
editorial Bonelli, continúa personajes consagrados como Zagor,
Mister No y Ken Parker, y crea otro, Kerry il trapper,
que no consigue el favor del público.
Finalmente, en 1986 entra en escena Dylan Dog. Sclavi había
propuesto al editor Sergio Bonelli una serie de terror. Su primera idea
era recuperar a los protagonistas de la novela Dellamorte Dellamore
y construir el tebeo en torno a ellos. Afortunadamente, no lo hace:
un hueso demasiado duro de roer. Si la
película Dellamorte Dellamore triunfa en taquilla es porque
Dylan Dog le ha allanado el camino y los responsables del guión del
film han suavizado los aspectos más extremos del personaje (donde, por
poner un ejemplo elocuente, han omitido un suceso del segundo capítulo:
Dellamorte acribilla a tiros a una pareja de enamorados que retozaba en
las cercanías de su camposanto y acto seguido viola a la chica).
Dylan Dog
promete ser un desastre de ventas en los primeros números: los
quiosqueros protestan y la colección está a punto de ser cancelada. Pero
entonces algo ocurre (el socorrido ‘de boca en boca’, probablemente),
algo que inicialmente toma la forma de un culto localizado y acaba
desbordándose como fenómeno de masas. A remolque de Dylan Dog, la
editorial milanesa Camunia decide arriesgarse con las novelas inéditas
de Sclavi. Primero Tre, y después Dellamorte Dellamore,
que se convierte en bestseller. Siguen todas las demás: Mostri,
una versión revisada de Apocalisse, la compilación de novelas
cortas Sogni di sangue, el poemario Nel buio, La
circolazione del sangue y Nero. (también adaptada al cine, en
este caso por Giancarlo Soldi).
A
todo esto, en la cumbre del éxito, Sclavi cae víctima de bloqueo
creativo fulminante. No es la única de sus dolencias: padece también de
alcoholismo, agorafobia, bulimia y muchos otros achaques que él mismo
revela en posteriores novelas autobiográficas. Sus manías son
legendarias: sólo sale de casa para ir al psicoanalista, no concede
entrevistas y no consiente que le fotografíen. Durante mucho tiempo, la
única imagen disponible del guionista es una caricatura debida a su
colega Alfredo Castelli.
Deja Dylan Dog en manos de un joven ayudante, Claudio Chiaverotti,
y sólo regresa después de un largo periodo de descanso. A su regreso, se
ha cansado de los excesos hemorrágicos que le hicieron célebre y opta
por un enfoque más fantástico, para indignación de muchos lectores que
le acusan de haberse ablandado. Pese a todo, algunos de los episodios
que escribe están a la altura de los mejores de la serie, empezando por
el que marca su vuelta, “Il volo dello struzzo”.
Retoma también la escritura de novelas, con dos trabajos impúdicamente
autobiográficos: Le etichette delle camicie (1995) y Non è
successo niente (1998). En ambos se mantiene un estricto realismo
irónico que decepciona a los fans de Dellamorte Dellamore y sus
anteriores novelas. Los pobres resultados de ventas de Non è successo
niente causan un nuevo bloqueo creativo que, a decir de Sclavi,
sigue vigente y sin receso en perspectiva.
¿Por qué funciona Dylan Dog y no Le etichette delle camicie?
¿Por qué Dellamorte Dellamore sólo funciona cuando Dylan Dog
le precede? Dellamorte y las demás novelas inéditas del grupo
anterior a Dylan Dog son violentas, fantásticas y nihilistas.
Le etichette delle camicie y Non è successo niente son
reposadas, realistas y de optimismo muy moderado. Dylan Dog se
encuentra a medio camino entre unas y otras, tomando lo más atractivo de
cada grupo: violencia y fantasía como Dellamorte, de acuerdo,
pero en lugar de su nihilismo, el optimismo moderado o, mejor dicho, el
pesimismo que deja un pequeño hueco a la esperanza de Le etichette
delle camicie. Por semejanza de imágenes y escenarios, Dellamorte
Dellamore y su grupo son reinterpretables en términos del relativo
optimismo de Dylan Dog. La temática de las dos últimas novelas,
por el contrario, parece más apartada de su mundo imaginativo, y las
hace más indigestas para el fan de Dylan.
Hemos dicho más arriba que la obra de Sclavi es una colección de
variaciones en torno al tema del suicidio. Sclavi escribe sobre la
miseria, sobre el dolor de la existencia, sobre el sufrimiento de los
que son diferentes y sobre la posibilidad (en la mayoría de casos,
imposibilidad) de huida. Sclavi ha concedido pocas entrevistas, pero
todas ellas jugosas. Suele citarse su respuesta cuando le preguntaron si
se identificaba con Dylan Dog. Ni Dylan ni Groucho, dijo. Yo soy los
monstruos.
Uno de los episodios más aclamados por los lectores de Dylan Dog
es “Johnny Freak”, la historia trágica de uno de esos que son
diferentes, capaz de dar su vida en acto supremo de generosidad hacia el
desalmado que hizo de él un monstruo. Y Mostri es una de las
pocas novelas que Sclavi pudo publicar antes de la explosión de Dylan
Dog; en ella, un enano aprende a aceptar su condición y, por tanto,
la vida, al verse encerrado en el pabellón de deformidades de un
psiquiátrico en compañía de un retrasado mental (Gnaghi, personaje
fetiche de Sclavi) y un hombre sin extremidades. Ese es el muy moderado
optimismo que hace digeribles Dylan Dog y algunas historias de
horror de Sclavi, la posibilidad de redención. En la mayoría de novelas,
en Tre, en La circolazione del sangue, no hay salida. En
esta última, una víctima de asesinato en habitación cerrada decide
investigar el misterio de su propia muerte. Acaba descubriendo que el
asesino fue uno de sus numerosos clones, venido del futuro a través de
una abertura en el espacio-tiempo para intentar acabar con él y, de esa
forma, con su propia existencia subsidiaria. Pero el protagonista (que
es Sclavi y, con él, el propio lector) sigue existiendo, condenado a una
conciencia que no puede ahogar ni en el alcohol ni en la muerte.
Se sabe que Sclavi ha intentado suicidarse en más de una ocasión.
Matadero 3
Sclavi no puede permitirse el lujo de concluir Dylan Dog como
hizo Neil Gaiman con su Sandman. Aunque sólo sea porque
demasiados amigos suyos viven de Dylan Dog. Las aventuras, por
tanto, se han extendido más allá de lo razonable; Dylan ha vivido en
quince años, sin envejecer ni un ápice, peripecias suficientes para
llenar varias vidas. Es un achaque común a la mayoría de tebeos seriados
incombustibles, que habitualmente se justifica como licencia poética.
¿Cómo se unifica semejante dispersión en el caso de Dylan Dog? No
buscando una plausibilidad inalcanzable, sino cuestionando la realidad
del todo. Sclavi nos contó el final de las aventuras en el número 100,
con “La storia di Dylan Dog”. No es un episodio particularmente
conseguido, pero oficia de cierre más que satisfactorio: Dylan abandona
su oficio de investigador de las pesadillas cuando consigue desentrañar
el enigma de su propio pasado. Todo lo que viene después de ese número
100 son más episodios del pasado. Es frecuente en la obra de Sclavi lo
que podríamos llamar enfoque psicoanalítico de lo sobrenatural; ejemplos
privilegiados son los alienígenas de “Terrore dall’infinito”, que no son
sino la manifestación distorsionada de un episodio traumático ocurrido
en la infancia de uno de los personajes, o los horrores diversos que
aparecen en “Sogni”, odisea truculenta en la que las apariencias
demoníacas se conjuran a través de la indagación introspectiva.
Así pues, de todo lo que ha vivido Dylan... ¿qué es real, qué es
imaginación, que es sueño, qué es relectura alegórica del pasado? En una
buena cantidad de episodios, el detective de las pesadillas ha visitado
de forma consciente o inconsciente mundos paralelos (“Storia di nessuno”,
“Caccia alle streghe”, “Gente che scompare”, “Zed”, “Morgana”, etc...).
¿Cuántas de sus aventuras se han desarrollado en uno de esos mundos
paralelos? De hecho, cada uno de los episodios podría haber tenido lugar
en un mundo diferente, que varía del anterior en un detalle
insignificante.
Algo parecido ocurre con las novelas; puesto que no conseguía
publicarlas, en cada una recuperaba personajes e historias de las
anteriores. Así, el Gnaghi de Mostri es y no es el Gnaghi de
Dellamorte Dellamore, de Nero., de Tre. En esta última
novela está la clave; llevando hasta sus últimas consecuencias el
fatalismo del Matadero 5 de Vonnegut, el protagonista de Tre
es capaz de viajar no sólo adelante y atrás en el tiempo sino entre
universos alternativos, sólo para descubrir que no es posible escapar
del horror. Machaca una rata con las ruedas de su coche, e intenta
refugiarse en un universo paralelo en el que la muerte del animalejo no
haya ocurrido. Pero buscando ese universo paralelo, pasa a través de
todos los universos en los que sí ha ocurrido, y la agonía y el chillido
de la rata se multiplican casi hasta el infinito. Al final del libro, el
héroe (permitámonos la ironía de llamarle así) muere y es enterrado;
pero sus viajes entre realidades han causado una mutación: desarrolla un
segundo corazón que sigue latiendo en las profundidades de la tumba.
El asunto Castafiore
¿Qué queda, entonces, de todas esas aventuras, si no son más que sueños
y alucinaciones de la mente, episodios en la historia de mundos que no
existen? Nada, es cierto. Así se titula la última novela de Sclavi,
Non è successo niente, no ha pasado nada; el libro en el que había
puesto mayores esperanzas y con el que consigue poco más que nada. El
círculo se cierra (lo cual significa que, en realidad, podría continuar
indefinidamente), y regresa a los planteamientos de Film, la
primera novela, que documenta tres días en la vida de un pueblo donde
siempre ocurre lo mismo, como una película que se proyecta una y otra
vez. No hay diferencia real entre la nada, la repetición infinita de
algo y la profusión desaforada de peripecias coloristas; todo ello, en
inevitable pirueta solipsista, forma parte de una mente que no puede
dejar de pensar, de una vida que parece interminable. Sclavi lo dejó
claro en Dellamorte Dellamore y en Non è successo niente:
los zombis son el pensamiento, las ideas que llaman con golpes de hueso
pelado que hacen retumbar nuestro cráneo, por mucho que lo hayamos
fortificado, para comernos vivos.
En una conversación de Sclavi con Umberto Eco, la esposa del
historietista (lectora de Dylan Dog antes que pareja de su
creador) explicaba la atracción que la serie ejerce en los jóvenes por
su fijación obsesiva en la muerte. Dylan Dog, decía Cristina
Sclavi, es uno de los pocos lugares donde puede hablarse abiertamente de
la muerte, (con el sexo, preocupación adolescente por excelencia). La
angustia existencial de Sclavi, el autor que no puede escapar de sí
mismo multiplicando los mundos de fantasía de su creación, se comunica
con la angustia existencial de los lectores, que no pueden escapar de sí
mismos multiplicando los mundos de fantasía en los que se refugian, pero
que aprecian una obra que comparte sus sentimientos y les ofrece una
pequeña esperanza más allá del escapismo: la posibilidad de
reconciliarse consigo mismos y con una vida que no comprenden.
¿Qué significa para Sclavi Dylan Dog y, en general, la escritura?
Podemos volver a Roy Mann, serie protagonizada por un guionista
de tebeos que, a causa de la explosión de una cafetera, es transportado
a una serie de mundos paralelos en los que las historias que él escribía
son reales. Roy Mann, el personaje, es transparente proyección de Sclavi,
y viaja de mundo en mundo con una vaga sensación de claustrofobia, pues
se sabe encerrado en su propia mente. Dylan Dog es ensoñación,
que se hace liberadora cuando muestra los barrotes de nuestras vidas.
Uno de los libros favoritos de Tiziano Sclavi es Las joyas de la
Castafiore. Como Álex de la Iglesia, otro ilustre enamorado de esa
pieza maestra (¿y quién no lo es?), Sclavi admira que, después de volver
la tierra y la luna del revés en aventuras sin cuento, Hergé proponga a
los lectores una historia en la que no pasa nada, la crónica de un robo
en el que ni siquiera hay ladrón. Esa es la verdad última: non è
successo niente, no ha pasado nada, nunca pasa nada. Zombis,
licántropos, hombres invisibles y asesinos en serie. Demonios, golems,
gigantes y fantasmas infantiles. Y, por las rendijas, destellos crueles
de realidad: racismo, miseria, explotación, guerra y dolor suficientes
para seguir haciendo girar eternamente el mundo.
Bibliografía
ABRESCIA, Dario (1995):
Enciclopedia di Dylan
Dog,
Milán, Mondadori [El primer intento de sistematizar la mitos,
personajes y escenarios de Dylan Dog. Referencia obligada para
todos los trabajos que le han sucedido]
BERTUSI, Daniele (1997):
Dellamorte e altre
storie,
Lecho, Periplo [Voluminoso y muy documentado estudio sobre las novelas
de Tiziano Sclavi. Otro trabajo seminal]
CALVISI, Angelo (1996):
Intervista a Dylan Dog,
Roma, Teoría [Ejemplo bastante potable de la vertiente “popular” de la
ensayística en torno a Dylan Dog. Glosa de los grandes temas de
la serie: el horror, el amor, la muerte. Concluye con una entrevista a
Sergio Bonelli]
OSTINI, Alberto (ed.) (1998):
Dylan Dog, indocili
sentimenti, arcane paure,
Milán, Euresis [Muestra privilegiada de la vertiente “académica”.
Entre sus aciertos incluye un guión de Sclavi (“Era morta”) y una
extensa y muy interesante conversación del guionista con su fan más
célebre, Umberto Eco. Además, el compilador del libro ha recurrido
tanto a académicos (filósofos, sociólogos, etc.) como a historietistas
para que escriban los ensayos que conforman el volumen]
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